jueves, 3 de diciembre de 2009

RESUMEN DE Primera Reunión

Reunión del 24 de noviembre:

La escuela que aprende”- qué título más necesario- abre el telón de esta primera reunión.

¿Aprende la escuela? Miguel A. Santos Guerra, su autor, propone la necesidad de que así sea. Nosotros compartimos esa necesidad. “La escuela que aprende”. ¿Es un título que refleja la realidad o es un deseo- otro más- aún por cumplir en esta centenaria institución que es la escuela?

Es un libro polémico y provocador. También valiente. Además, está fundamentado en un conocimiento cercano de la realidad de los centros educativos. Por eso es un libro que “llega”, que no puede dejar indiferente al lector. Su lectura se “vive” con desesperación, con angustia, con rabia incluso. Hasta arrojamos el libro lejos de nosotros cuando sus frases nos hieren en exceso. Desde sus páginas nos asaltan “cosas” de las que nunca se habla, y por eso duele.


Sin embargo, habla de una escuela con la que nos podemos sentir identificados, y que quizá no nos guste demasiado. Pero podemos aprender. Aprendemos como docentes, pero también como personas. Por eso evolucionamos y aprendemos a convivir con nuestros alumnos y alumnas, chicos y chicas que siempre tienen 15 primaveras mientras a nosotros nos caen encima los años uno tras otro. Reconocemos entonces la necesidad de dar a la afectividad la importancia que tiene. Como dice Santos Guerra, preguntamos muchas veces qué es lo que nuestros alumnos y alumnas saben, pero pocas veces les preguntamos cómo se sienten.


Aunque el libro esté dividido en cinco capítulos, nuestra lectura lo redistribuye en sólo dos: un gran primer capítulo en que se plantean los problemas; y un segundo capítulo- mucho más breve- en que se plantean las soluciones. El problema para la mayoría en nuestro grupo de lectores es que las soluciones están sólo esbozadas, o no se mencionan incluso, o afectan a campos sobre los que las posibilidades de actuar son inexistentes- legislación , por ejemplo.


Pero quizá lo que pretende el autor no es tanto dar soluciones concretas sino plantar una semilla para la reflexión que abra el camino hacia la búsqueda de soluciones en cada centro. Incluso es posible que nos esté ofreciendo al profesorado un currículo nuevo con sólo tres asignaturas: preparación, reflexión, y evaluación- en este orden o en cualquier otro.


Porque las soluciones transferibles de un centro a otro suelen ser difíciles de encontrar. Además y afortunadamente, las escuelas no son instituciones en “abstracto”, sino grupos de personas con sus peculiaridades y personalidades, con sus entornos y sus circunstancias. Cada una distinta y única, a pesar de la aparente uniformidad que impone el sistema. Por eso las soluciones concretas no sirven en general, sino para cada centro en particular únicamente.


Una labor crítica (incluso políticamente comprometida); una mayor reflexión sistematizada y rigurosa; el trabajo en grupo- no sólo por parte de los alumnos y alumnas, sino por parte del profesorado; la lucha por una formación continua de calidad; abogar por una mayor autonomía “real” de los centros; etc son algunos de los aspectos que más valoramos.


El aprendizaje colegiado; la coordinación vertical y horizontal; la “descongelación” de la escuela; las implicaciones pedagógicas de las directivas gerencialistas; la innovación (y su defunción); la función de los libros de texto; los tiempos y lugares para la reflexión; el papel transformador de la escuela- en contraposición a las versiones más reproductoras de la misma; etc, son otros temas que van surgiendo en nuestra discusión del libro.


¿Qué papel ha de jugar la Inspección educativa? ¿Cómo influyen en el proceso de enseñanza-aprendizaje (si es que lo hacen) los cursos de formación impartidos en los Centros de Profesores? ¿Se traslada al centro o son sólo aprendizajes individuales? Son todas preguntas que no da tiempo más que a esbozar y dejar en el aire. Preguntas para llevarnos a casa y pensarlas por el camino.


Muchos temas- demasiados- para tratar en una escuela que a veces pierde su tiempo en aspectos quizá necesarios para la burocracia, pero poco relevantes para el proceso de enseñanza-aprendizaje. Una rueda, una rutina de funcionamiento en la que la autocrítica está desapareciendo. Una máquina educativa en la que se pretende que participemos como engranajes que trabajen sin chirriar (¿una proletarización de la profesión?). Muchas veces pensamos que la escuela se mueve muy despacio. Parece funcionar al “ralentí”: si se acelera tendremos un problema. ¡A lo mejor salta algún engranaje por los aires! Además, los cambios tardan mucho en incorporarse, si es que llegan a introducirse.


Para algunos, la crítica de Santos Guerra a la institución y a los docentes es excesiva, desmesurada , ... deprimente. Para otros, acierta en su análisis. Para algunos es farragoso, repetitivo a veces ..., no tanto para otros. Diversidad, como en la vida, por fortuna. Pero claro, la escuela es también la vida.

Sí coincidimos en que el debate en la escuela se está diluyendo, ahogado por una burocracia impuesta de documentos vacíos que nada dicen, que nadie lee y que a nadie interesan (PGAs y similares, por ejemplo). Ahogado por claustros gerencialistas que hace tiempo abandonaron las discusiones pedagógicas. Ahogado por una falsa autonomía que no puede funcionar si no se cree en ella como vehículo de aprendizaje responsable y si no se la dota de recursos. Ahogado por una solidaridad perversa que nos “obliga” a callar ante lo que sabemos que no funciona como debería.

La educación es un camino largo, muy largo. De hecho dura toda la vida, la nuestra y la de nuestros alumnos y alumnas. Esa distancia nos impide ver hoy mismo el resultado de nuestro trabajo. Y eso a veces desanima. Aun así, no hemos perdido la ilusión. Hoy todavía no. Mañana tampoco. Aquí seguimos para demostrarlo.


Hemos dedicado una hora y media a poner en común nuestras impresiones sobre el libro “La escuela que aprende”. Muchos temas se han quedado sin tratar, pero no se trataba de analizar exhaustivamente la obra, sino iniciar a través de ella una reflexión pausada y compartida sobre nuestra labor docente.


Nuestro próximo compromiso en enero es doble: una película y un libro.

“La Ola”, película basada en un hecho real sucedido en un instituto de secundaria en California en 1969.

Y el libro “Mal de escuela”, del novelista francés Daniel Pennac, un retrato de la escuela desde el punto de vista del que fue un “mal estudiante”.

Nos encontramos de nuevo en enero. Hasta pronto.

Ángel, Alejandro, Joan, Pau, Enrique, Sara, Mª Antonieta, Margarita, Marisa, Inma, José Ignacio.

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